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30 de octubre de 2020

EL HOMBRE QUE NO QUERÍA SUFRIR

     Tras el descanso de la fatiga del largo camino, un hombre dijo al sabio anciano:

    —Busque donde busque, haga lo que haga, en todas partes encuentro sufrimiento. La felicidad, el placer, no duran nada.

El anciano cogió un puñado de arena en sus manos y la dejó deslizar suavemente entre sus dedos. Luego dijo:

—Todos buscamos el placer, pero olvidamos algo muy importante. Que tanto el dolor, como el placer, forman parte de la vida y casi siempre están inseparablemente unidos. El amor hace sufrir.

Miró al horizonte y concluyó:

—El sufrimiento nos hace madurar y nos conduce a la verdad. Tanto las alegrías como las penas suceden por algún motivo; pero sólo lo comprendemos cuando han pasado. Vive e intenta posicionarte por encima del dolor y del placer. Verás que la felicidad está más allá.

La felicidad es efímera, nadie es feliz siempre, sólo contamos con instantes de felicidad. Pero igual que la felicidad completa no es eterna, tampoco el sufrimiento lo es. El sufrimiento es inevitable, pero pasa, y lo ideal es encontrar ese punto intermedio que nos ayuda a no sentirnos eufóricos cuando las cosas nos van bien e igualmente no desfallecer cuando el dolor se asoma a nuestra vida.

5 de abril de 2017

EL OASIS

Atraemos a las personas, situaciones e ideas que están en armonía con nuestros pensamientos y emociones dominantes.
Es probable que si estamos contentos o felices nos sucedan cosas positivas, ya que atraeremos a personas, ideas y circunstancias que reflejen este estado.
Lo mismo ocurre cuando estamos de mal humor. Suele ser cuando peor nos salen las cosas.


A un oasis llegó un joven, tomó agua, se aseó y preguntó a un anciano que se encontraba descansando:
– ¿Qué clase de personas viven aquí?
El anciano preguntó:
– ¿Qué clase de gente había en el lugar de donde tú vienes?
– Un montón de gente egoísta y mal intencionada – replicó el joven. Estoy encantado de haberme ido de allí.
A lo cual el anciano comentó:
– Lo mismo encontrarás en este lugar.

Ese mismo día otro joven se acercó a beber agua al oasis y viendo al anciano preguntó:
– ¿Qué clase de personas viven en este lugar?
El viejo respondió con la misma pregunta:
– ¿Qué clase de personas viven en el lugar de donde tú vienes?
– Oh, de donde yo vengo hay personas magníficas, honestas, amigables, hospitalarias, me duele mucho haberlos dejado.
– Pues lo mismo encontrarás aquí – respondió el anciano.

Un hombre que había escuchado ambas conversaciones le preguntó al viejo:
– ¿Cómo es posible dar dos respuestas tan diferentes a la misma pregunta?
A lo que el viejo contestó:
– Cada uno de nosotros sólo puede ver lo que lleva en su corazón. Aquel que no encuentra nada bueno en los lugares donde estuvo no podrá encontrar otra cosa distinta aquí ni en ninguna otra parte.
 

9 de marzo de 2017

EMPRENDER EL VUELO

Atreverse...
Así comienza cualquier proyecto, cualquier ilusión, cualquier sueño...
No es fácil, pero sólo es cuestión de dar un primer paso, el paso de tomar la primera decisión, la que nos pone en el camino de luchar por alcanzar aquello que deseamos.
Tras esa primera decisión van surgiendo, como por arte de magia, los siguientes pasos que debemos dar. Sólo hay que atreverse... aunque haya caídas, aunque surjan obstáculos... siempre habrá alguien que nos empuje a seguir avanzando y a encontrar la fuerza dentro de nosotros para no desfallecer.
Algo importante también es "crear el espacio necesario" para poder realizar nuestros planes. A veces la ansiedad por conseguir lo que nos propusimos nos lleva a actuar sin unos objetivos claros, un tanto a la ligera e improvisando. Debemos tener claro hacia dónde nos dirigimos, por dónde caminar y aprovisionarnos de lo necesario para llegar.
Cuando hay unos objetivos definidos siempre se encuentran los medios para lograrlos, sólo hay que "atreverse", y por supuesto, no dejarnos arrastrar por aquellos que puedan desalentarnos diciéndonos que es imposible, que no lo lograremos, que es mejor dejar de esforzarnos.
 
Si tú quieres... sin duda... podrás.
 

30 de octubre de 2013

EL VERDADERO VALOR DEL ANILLO

Ésta es una vieja historia de un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.
—Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
—Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después... –Y, haciendo una pausa, agregó–: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
—Enn... encantado, maestro –titubeó le joven, sintiendo, que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
—Bien –continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió–: Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
—Maestro –dijo–, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
—Eso que has dicho es muy importante, joven amigo –contestó sonriente el maestro–. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:
—Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
—¿Cincuenta y ocho monedas? –exclamó el joven.
—Sí –replicó el joyero–. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
—Siéntate –dijo el maestro después de escucharlo–. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.

23 de marzo de 2012

LA LEYENDA DEL PUERCOESPÍN

Durante la Edad de Hielo muchos animales murieron a causa del frío. Los puercoespín, dándose cuenta de la situación, decidieron unirse en grupos. De esa manera se abrigarían y protegerían entre sí, pero las espinas de cada uno herían a los compañeros más cercanos, los que justo ofrecían más calor. Por lo cual decidieron alejarse unos de otros y empezaron a morir congelados. Así que tuvieron que hacer una elección: o aceptaban las espinas de sus compañeros o desaparecerían de la Tierra.
Con sabiduría decidieron volver a estar juntos. De esa forma aprendieron a convivir con las pequeñas heridas que la relación con los más cercanos puede ocasionar, ya que lo más importante es el calor del otro. De esa forma pudieron sobrevivir.
Mi reflexión personal es que la mejor relación no es aquella que une a personas perfectas, sino aquella en que cada individuo aprende a vivir con los defectos de los demás y a admirar sus cualidades.

20 de enero de 2012

JUNTOS DE LA MANO

Sentado en la playa un día de verano observaba cómo unos niños jugaban en la arena.
Estaban trabajando con esmero cerca del agua, en la construcción de un elaborado castillo con portones, torres, y pasajes internos.
Cuando estaban acabando con el proyecto, una gran ola vino y les derrumbó la construcción, reduciéndola a un montículo de arena mojada.
Pensé que estallaría el llanto, agobiados por lo que acababa de suceder en la obra que tanto trabajo les había costado.
Pero me sorprendieron... en vez de eso, alejándose del agua, salieron corriendo, riendo tomados de la mano y volvieron a sentarse a construir otro castillo…
Me di cuenta que me habían enseñado una gran lección.

30 de septiembre de 2011

EL ELEFANTE ENCADENADO

Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante, que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales... Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre, o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan, entonces?».
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.

Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
«El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño».
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él. Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro... Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, ¡cree que no puede!. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza otra vez...
Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas invisibles que nos restan libertad. Vivimos pensando que "no podemos" hacer montones de cosas, simplemente porque una vez lo intentamos y no lo conseguimos, o alguien nos dijo que no podríamos. La única manera de saber si podemos conseguir algo es intentarlo de nuevo poniendo en el intento todo nuestro corazón.